Conversamos con Jaime Beltrán guitarrista y luthier que ha construido su oficio desde la intuición, la experiencia y una profunda conexión con la música.

fotografía por Elio Hidalgo
La luthería combina técnica, oído y sensibilidad. ¿Cuándo sentiste que dejaba de ser una inquietud para transformarse en tu forma de vida?
Mi primera guitarra la tuve a los 12 años, la hizo mi papá, que era músico aficionado. En esa época no existía mucho el técnico de guitarras, así que había que arreglárselas. Desde chico estuve rodeado de herramientas y empecé a meter mano solo, por necesidad y curiosidad.
Después amigos comenzaron a traerme sus instrumentos, aunque yo sabía poco. Pero tenía muchas ganas de aprender. Pasé por varios trabajos, hasta que llegué a vender instrumentos en tiendas. Ahí pude intervenir guitarras, aprender mucho y darme cuenta de que tenía buena mano.
Sin una formación formal, fui autoeducándome en una época sin internet. Ya en 1997 tenía mi propio taller. Desde entonces, esto se convirtió en mi oficio: he podido vivir de las guitarras sin dejar nunca de ser músico.
Tu trabajo hoy tiene una alta confianza en el medio. ¿Cómo se construye ese prestigio desde un oficio tan silencioso?
Creo que todo parte desde el amor por el trabajo, pero también desde la gratitud. Antes hice trabajos muy duros, que me dañaban las manos, y eso para alguien que quería ser músico era complejo.
Cuando llego a este oficio, también hay algo de oportunidad y preparación. Haber sido vendedor me ayudó a relacionarme con la gente, a entender lo que significa un instrumento: puede ser trabajo, terapia o un espacio íntimo.
Ahí hay algo muy humano. Escuchar a alguien tocar o hablar de su instrumento es un acto de confianza. Desde ese lugar fui construyendo mi camino. Con el tiempo llegaron músicos más conocidos, y las recomendaciones hicieron lo suyo.
Siempre traté de ser abierto, de compartir lo que sabía. Hoy poder mantener a mi familia gracias a esto me genera una profunda gratitud.
¿Qué has aprendido sobre la relación entre músico e instrumento?
Siempre hay una conexión emocional. Puede ser tu primera guitarra, un regalo o algo heredado. Esos instrumentos cargan historia.
Una guitarra con recorrido es como un zapato gastado: calza perfecto. Por eso, el instrumento ideal no es uno en particular, sino el que responde a cada persona. Es el medio que uno tiene para expresarse.

fotografía por Carolina Lynch
¿Cómo ves hoy la luthería y la cultura musical en Chile?
Hay cada vez más gente interesada y muy talentosa. Me tocó ver eso como evaluador de Fondart: hay desarrollo a lo largo de todo el país y eso es positivo.
Donde veo un freno es en la difusión. Hoy todo pasa por plataformas como YouTube y muchas veces la música queda relegada frente a la entretención. Se confunde la expresión artística con el espectáculo.
También falta más comunidad. Echo de menos mayor fraternidad entre músicos. Todavía existe mucho “chaqueteo”, y eso no ayuda a que el medio crezca.
Después de tantos años, ¿hay algo que haya cambiado tu forma de entender el sonido o el rol del músico?
Me ha llamado mucho la atención que hay músicos que con muy poco logran muchísimo. Y otros, muy técnicos, que no necesariamente conectan igual.
Eso lo he visto en músicos de academia y en músicos callejeros. Al final, lo que manda es el sonido.
En mi caso, la guitarra es algo integral: cuerpo, mente, emoción. No es solo técnica.
Sobre el rol del músico, creo que a veces se le exige demasiado. No siempre son ejemplos perfectos. Como en todo, hay de todo. Y muchas veces hay que aprender a separar la obra del artista.
(Para mayor información su trabajo contactar a este WhatsApp +56954103863)
Escucha a Jaime Beltran en el papel como guitarrista de algunos proyectos en donde participa